New York, New York...
La llegada.
    En algún sitio hemos leído que Nueva York es la ciudad "en la que nadie se siente extranjero". Bueno, no nos sentíamos extranjeros, pero los "listos" del aeropuerto sí que nos vieron extranjeros. No ofrecieron llevarnos en coche hasta Manhattan por 100 dólares. Ni caso. Por 35 $ (precio fijo) más peajes los taxis de la parada te llevan a cualquier parte de Manhattan. La cola que hicimos no superó los diez minutos.
    La cola que fue larga fue la que hicimos para registrarnos en el Hotel Pennsylvania. Un hotel al que Glen Miller dedicó una famosa (para nuestros padres) canción. Uno de los encantos del hotel es que conserva el número de teléfono que aparece en la canción. Cuando llegamos a nuestra habitación comprobamos que conservan más cosas del tiempo de Glenn Miller. La habitación era muy grande, con dos camas de matrimonio, televisor y nevera. En el cuarto de baño no encontramos el secador de pelo que, según la publicidad, tienen todas las habitaciones. Como no pensábamos usarlo, tampoco lo reclamamos.
    Como buenos hijos, queríamos llamar para decir que habíamos llegando bien. En el vestíbulo del hotel encontramos una cabina desde la que podíamos llamar con tarjeta VISA. Y lo hicimos. La broma nos costó 7 dólares por llamada. Días más tarde hicimos llamadas a España de la misma duración y no pasaron de los 25 centavos.
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Primer día. Midtown y Naciones Unidas.
    Pronto descubrimos que mucha gente es hispanoparlante. Como nuestro inglés es bastante deficiente, decidimos empezar todas nuestras consultas con la frase: "¿Habla español?".
    El primer día estábamos dispuestos a caminar todas las millas del mundo. Afortunadamente, habíamos decidido a última hora llevar un cochecito para Clara. Manhattan no está hecho para los niños, pocos parques y ningún columpio. Un ejemplo, el parque Bryant. Una pequeña mancha verde ocupada por trabajadores descansando.
    La caminata llegó hasta las Naciones Unidas. Se puede entrar hasta el vestíbulo sin pagar y sin ver nada. Existen visitas guiadas a las que no dejan entrar los niños, será para no violentar su inocencia.
    Al lado de las Naciones Unidas está el Barrio Tudor. Unos bloques de pisos con pinta de la Inglaterra de entreguerras. Se agradece encontrar en Manhattan un lugar al que el ruido de los cohes llega amortiguado.
    Otros atractivos de la zona son la Biblioteca Pública, al lado del Bryant Park, y el Edificio Crhysler. Este edificio compite, después de la desaparición del las Torres Gemelas, con el Empire State Building. Oficialmente, es más bajo y además no ha salido en King Kong, pero la cúpula Art Déco y las gárgolas le dan, a nuestros ojos, un encanto mucho mayor. Los turistas sólo podemos acceder al vestíbulo, pero vale la pena.
    Después de comer, vuelta al hotel, siesta, ducha y otra vez a la calle. Tocaba visitar la catedral de San Patricio, el Rockefeller Center y Times Square. Vayamos por partes. San Patricio está bien, pero si ya conoces nuestro gótico (Burgos, León, Barcelona, Palma, hasta la Seo de Manresa), te resulta pretenciosa y echas en falta la espiritualidad que sólo da el tiempo.
    Dimos un paseo por Broadway, pasamos por delante del Radio City Hall y llegamos hasta Rockefeller Center. Obtuvimos el mismo placer que mirando una caja de bombones sin comer ninguno. No poder ver ningún espectáculo es uno de los problemas de viajar con niños.
    Acabamos la jornada en Times Square, haciendo cola en Toy'r'us para que Clara se subiera a una noria. Después cenamos en Tadd's Steak. La carne, cortada en grandes trozos estaba muy tierna. Tanto el "sirloin" como el "t-bone" estaban riquísimos. Recordamos que en Estados Unidos no está prohibido el uso de hormonas para el engorde del ganado, pero, qué carajo, las hormonas sólo son dañinas por acumulación.
 
 

Bryant Park
Biblioteca Pública
Edificio Chrysler
ONU
San Patricio
Rockefeller Center

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Segundo día. The Cloister, el Metropolitan y la Quinta Avenida.
   Nos habían dicho que The Cloister poseía una magnífica colección de arte medieval. Casualmente, un año antes, habíamos visitado Frías. En este pueblo de La Bureba se alza la iglesia románica de San Vicente, cuya puerta se encuentra en el museo neoyorquino.
    Como no sabíamos como llegar, cogimos un taxi que nos cobró la friolera de 25 dólares.Una vez allí nos enteramos que hay un autobús que realiza varias paradas y llega hasta la mismita puerta ( M4 , salida desde Penn Station ).La colección en sí nos decepcionó bastante porque, a partir de muchos trozos de distintas iglesias y monasterios, se construyó un "pastiche" medieval que no puede compararse en absoluto con ninguna de nuestras verdaderas iglesias románicas ... todo típicamente americanufo. Lo que vale la pena es el entorno donde se ubica este museo, el Fort Tyron Park, un paraje que no parece posible poderlo hallar en Manhattan y el hecho de que la misma entrada para The Cloisters sirve para ese día en el Metropolitan Museum ( y viceversa).Más información en www.metmuseum.org
     Acabamos el día paseando por la Quinta Avenida, entrando en rascacielos inverosímiles ( como el edificio Trump ) y en tiendas inimaginables ( como el edificio F.A.O. Scharwz, una juguetería de tres plantas, ¿adivináis a quién de los tres le gustó más?).

 The Cloisters
Metropolitan Museum Art
Marineros por la Quinta Avenida

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Tercer día. Central Park y el Museo de Historia Natural.
   Domingo. El mejor día para visitar Central Park. Daba la casualidad que ese día se disputaba el Triatlón de Nueva York, con meta en el parque, y que la candidatura de Nueva York a los Juegos Olímpicos del 2012 aprovechaba el evento para hacer publicidad de su ciudad. Así que el ambientillo era especialmente animado. El tío vivo de principios del siglo pasado era muy bonito (si vas a acompañar a añgún niño, también pagarás billete, aunque vayas de pie). Lo más neoyorquino: la cantidad de partidos de béisbol que se disputaban. Me hubiese gustado jugar algún partidillo de baloncesto, pero estuve mirando un rato y eran bastante mejores técnicamente e infinitamente mejores físicamente. Comimos un par de hot dogs. Al lado de cada puerta hay un carro. Fue la única comida barata en Nueva York.
    Ya por la tarde, visitamos el Museo de Historia Natural. Nos vendió las entradas una chica hispana que nos informó del "donativo recomendado". Cuando lo pagamos, nos miró con cara de "estos tipos son tontos" y nos devolvió una buena parte de lo pagado.
 

El Carrusel
El prado de las ovejas
A que da miedo
Cuarto día. Wall Street, la Zona Cero, la Estatua de la Libertad y Chinatown.
   Era nuestro último día en Nueva York. Nuestra intención era ver todo lo que pudiésemos. Empezamos la jornada cogiendo el metro para llegar al Downhtown, el distrito financiero. La red de metro tiene, para el mismo recorrido, líneas paralelas, una rápida que para en algunas estaciones y otra lenta que para en todas. El calor y la humedad resultan insoportables.
    Los edificios de Wall Street sudaban dinero y patriotismo. En medio de todo, la iglesia de la Trinidad, de estilo neogótico, parece fuera de lugar. Aunque la iglesia puede pensar que los que están fuera de lugar son los demás edificios, pues ella está alli desde 1846 y es sucesora de otras dos iglesias que se edificaron el mismo lugar.
 
La Bolsa con una banderita
Wall Street
Trinity Church

   Después, nos acercamos hasta la zona cero. No conocimos las torres gemelas, pero, aún así, el enorme agujero nos revelaba bastante de la magnitud de la catástrofe.
 

    Los billetes para los ferrys que lleva a la Estatua de la Libertad se compran en el fuerte Clinton. Un edificio militar circular sin más valor que su edad. La espera para coger el barco resultó muy larga. Al número de habitantes se sumaban las estrictas medidas de seguridad.Algunos artistas callejeros amenizaban la espera y obtenían una importante audiencia. Lo mejor del trayecto: las vistas de Manhattan

    Por la tarde, después de comer en una taberna irlandesa, creo que se llamaba White Horse, fuimos caminando hasta Chinatown.Resulta curioso ver, de repente, todos los letreros, y hasta los periódicos, en chino. Lo más llamativo, las pescaderías. El barrio resulta el lugar idóneo para comprar los recuerdos baratos (camisetas, gorras...).
 
 

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